MARÍA DEL MAR

 

BOGOTÁ, COLOMBIA

 

Soy de Bogotá pero vivo hace ocho años en Buenos Aires. Trabajo en derechos humanos y feminismo. En realidad iba a hacer un taller de documental, pero hubo algo de la efervescencia argentina y de la conciencia política que fue lo que me invitó a quedarme, no porque en Colombia no existan esos procesos, sino que los viví como una bogotanita muy  sonsa de la clase media alta bogotana, muy reservada a esos círculos. Nunca me había acercado al ejercicio político y eso me enamoró de Argentina. 

Creo que encontré una vocación que no sabía que tenía en esa cosa argentina de reclamar el espacio público, de vincularse con la política y también de ver que la política es un vehículo para cambiar y mejorar la vida de la gente, que es algo que nosotros, no entendemos en la política, porque nosotros (Colombia) somos un país tan bastardeado por los políticos y tan sujeto a la aristocracia política de estos hombres ricos que siempre han sido los que gobiernan este país. Ellos ordenan y mandan, nadie más puede entrar a ese orden. Tenemos términos como la politiquería; pensamos muy mal de la política. Nunca la vemos. 

En Argentina fue la primera vez que pude ver la política y enamorarme de los procesos políticos, de los procesos colectivos y terminé quedándome. Además, empecé a trabajar en derechos humanos y al mismo tiempo fue la coyuntura de los movimiento de mujeres, obviamente, motivados por una tradición de movilización que tiene Argentina y de organización popular. 

María del Mar Ramón publicó el libro: Tirar y vivir sin culpa (Editorial Planeta) 

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Escribir un libro

Es muy raro. Yo había escrito dos artículos que están en el libro. Eran más cortos y en realidad llego a la editorial con esos artículos y me dicen: “nosotros estuvimos mirando esto. Nos parece que es una voz muy potente y nos gustaría proponerte un libro”. Yo inmediatamente pensé que el libro tenía que tener esos artículos, otros y unos temas alrededor del placer como un eje. El placer feminista como un eje, pero yo no sé si me pasa a mí,  quizás me pasa, porque los procesos son muy distintos: escribo muy rápido. 

Me cuesta mucho sentarme, pero todo lo que es previo a sentarme a escribir, yo digo: “eso  también debe ser un proceso”, debe estar en el proceso de escritura, porque le pasa a mucha gente; ordeno la casa, me voy a sentar y digo: “mañana me levanto a las siete de la mañana a escribir, me levanto a las siete de la mañana, pero digo: “¿que es esa mancha en ese vidrio?” y cosas que no hago nunca, como que no hago nunca, nunca y digo: “voy a limpiar el vidrio”, pero en todo ese momento estoy  pensando, voy construyendo la frase que quiero decir y finalmente cuando me siento es algo rápido. Creo que yo tenia más o menos claro qué quería decir y por eso también fue muy ágil el proceso. Ya había armado la estructura. Ya sabía cuáles eran las referencias que quería, cuál era la etnografía, igual este es un libro de no ficción, pero de alguna manera es muy importante hacerlo, como un esquema conceptual de qué va, de cuál es la idea y cuáles son los conceptos que se van a manejar y desarrollar. Me divertí mucho, pero fue muy difícil leerlo. 

Leer tu propio libro

Sí hubo autocensura, pero al final elegí ponerlo. El último capítulo es el de la violencia.  Yo pensé un montón, pensé si era pertinente o no era pertinente ponerlo. Después escribí esas reflexiones pero había algo que fue muy importante de ese capitulo y era no darme ninguna concesión a título moral de víctima. 

Hay algo que pasa con las víctimas de violencia sexual y es que el patriarcado castiga profundamente  la supervivencia y la autonomía de las mujeres después de la violencia. Eso se ve en casos como el de La Manada; literalmente la Corte de Navarra inicialmente falla a favor de La Manada porque dice que a ella, a pesar de haber videos, que a ella seguramente no la violaron porque después se siguió tomando fotos y las subió a Instagram y qué clase de víctima de violencia sexual puede seguir viva, puede seguir disfrutando, puede seguir posando para las fotos; para mí eso fue muy chocante y  muy difícil. 

Cuando yo tuve que escribir sobre eso traté de no darle ninguna concesión, ni de matizar un poco, ni la ingenuidad, ni la violencia, ni darme a mí como víctima de eso, ninguna concesión de inocencia y de pulcritud, de “buena víctima” sino hablar las cosas como se dieron y analizarlas después. Lo que me ha pasado y ha resultado ser es que para la gente sigue siendo muy impactante, para las mujeres sigue siendo muy impactante verse identificadas en situaciones de violencia sexual que no leyeron como tal. Porque la situación es tan genérica y, porque finalmente, la violencia sexual le ocurre a las mujeres de una manera tan distinta como se ha representado. La verdad es que no son hombres que salen de esquinas con cobras tatuadas en los brazos, sino que son personas cercanas en la mayoría de los casos; son parientes, pero nadie quiere ver eso. 

Yo lo pensé un montón, quitaba y ponía, quitaba y ponía. Cambié la edad, varias veces y después dije creo que esto hay que decirlo así y quizá eso haga que se genere incomodidad en las personas que lo leen al decir, pero ‘eso no es una víctima’, ‘pero estaba borracha’ y para mí ese espacio debe ser incómodo para el lector: le creo o no le creo. 

Es un espacio fértil. Me parece que está bien. Que está bien que se pongan en duda. Me parece casi interesantísimo que eso suceda porque la violencia no es como no la imaginamos, no es como nos la han representado tan mal. 

La única violencia no es un golpe, como que las mujeres no somos víctimas virginales y perfectas e impolutas; sí quedamos rotas de por vida, sí me arruinaron y me quebraron por dentro, para mí eso era algo muy potente para hablar y para decir con mucha rabia por supuesto, pero decir: ‘no hay una forma estandarizada de ser una víctima, no me exijan a mí que yo sea de una manera y esa libertad de transitar entre esos espacios creo que para mí no sé si es un capítulo del que no me han hablado tanto porque quizás sea muy duro, porque la gente no lo quiere hablar. Nadie lo quiere decir en voz alta. 

Corregir es horrible

Corregir es horrible. Es un suplicio, obvio, obvio, es el 90% del trabajo, es terrible, insoportable. Leerlo por primera vez de un tirón, quizás por el mismo tema del libro, me resultó doloroso. Escribirlo no, pero la primera lectura fue sola con el libro. 

Me dio mucho pesar de mí; de nosotras. Me dio pesar de una generación de mujeres y seguramente la generación que está antes de la mía. Ojalá no la que sigue después, pero, me dio pesar. Nos quise abrazar a todas, a todas nosotras adolescentes. Después de eso fueron más sencillo todos los procesos. 

Un editor

Tuve un editor varón, heterosexual. Un hombre con una gran sensibilidad. Él me llamó y se dejó conmover por algo, que de alguna manera no lo acusa, pero probablemente lo hizo sentir un montón de cosas como hombre, desde su identidad y para mí fue bonito eso, entender cómo se leía el libro lejos de las mujeres. Porque yo escribo para las mujeres pero me leen los hombres también. No me interesa hablarles a los hombres, pero me interesa cuando leen estas cosas, porque también hay algo reconciliador de las identidades masculinas. 

Por: Yulieth Mora

 

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