LIGIA

HUILA, COLOMBIA

Es jueves santo. Ochenta personas pisan tierra roja, se amarran las botas, se cubren con sombreros, algunos toman agua que traen desde su lugar de origen (Bogotá y Medellín), otros revisan sus maletas, que no falte nada, cámaras, celulares,  la selfie stick, batería al cien por ciento (que dure hasta la noche), bloqueador, unas gafas de sol. Los turistas viajaron horas, horas para ver de frente el Desierto de la Tatacoa. Hoy es día santo, bendito para cruzar el desierto. Bendito para ver las estrellas.

“Lo primero que hay que decir”, grita el guía local, “es que esto no es un desierto”, todos se miran “esto es un bosque tropical seco”.

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Bienvenidos a La Tatacoa.

Los desiertos tienen arena pero lo que hay aquí es tierra rojiza y seca, arcilla volviéndose polvo ocre en las manos, tierra frágil, tan seca que cada montaña de tierra se agrieta como una herida. Una que nunca será cicatriz.

Cualquier turista que llegue a poner un pie sobre las pequeñas montañas curtidas y estériles será penalizado con una multa de quinientos mil pesos colombianos; es lo que dice el guía y lo reafirman los postes enterrados por la autoridad local. No se ve el primer policía.

Este extenso lugar, este paisaje bajo cielo abierto es la segunda zona árida más extensa del país, la primera queda al Norte en la península de la Guajira. Aquí cada cinco pasos aparecen cactus y nopales, unos verdes y otros viejos hechos ya palos secos que avisan la decadencia, los años.

La caminata es larga. No importa. Los turistas tienen ansiedad de la noche. Cualquier cosa por ver las estrellas, el cielo nocturno, sin la interrupción de la luz de las ciudades, ni el ruido de los carros, esa bóveda celestial donde los hombres predicen la historia de la humanidad y los mitos, el único techo que no podemos cambiar. Ver las estrellas, una promesa de kilómetros; todavía es de día. Faltan seis, siete, ocho horas.

En el camino aparece un ritual. Consiste en crear montículos con piedras aplastadas y lisas. Cada estructura, desde lejos, parece sostenerse en el aire. Los turistas hacen lo suyo, cumplen el ritual, uno a uno, piedra a piedra arman sus deseos, si se caen volverán a intentarlo. Los turistas detienen el tiempo con una foto, “una así”, “no esa no me gustó”, “tómame otra”. Un hombre juega junto a su hijo. El padre y el hijo apuestan un sorbo de agua por derribar los montículos de los otros. El padre gana.

Dos, tres horas después, el sol arde sobre la piel expuesta, “vamos a la zona gris”, avisa el guía.

Alguien pregunta: “¿un desierto gris?”. Un niño eufórico: “¿dónde están los fósiles?”. El guía responde: “Sí, allá. Aunque algunos extranjeros se roban los fósiles, estamos peleando para que los devuelvan”. Otra voz: ¿Cómo estamos de batería?

Cualquiera de los turistas podría tropezarse con caparazones de tortugas, vértebras de animales extintos, colmillos de tigre, un hueso de dinosaurio, o un pedazo de tronco.

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Ochenta persona pisan tierra gris, polvillo, rocas gigantes, cruzan estrechos, los surcos que el agua hizo hace millones de años, las curvas se conservan, los cuerpos gruesos pueden quedar atascados, cada vez más estrecho… “El Estrecho de la Señorita”. No se avisa nada líquido en la zona, nada transparente, el sol es inclemente, quema cuellos, brazos, cualquier trozo de piel a la vista. Es una zona difícil. Se escuchan frases: “¿Eres claustrofóbico?” “Baja con cuidado”, “Es demasiado alto para saltar”, “Seguramente aquí vivió un Megaterio”.

Cae la tarde. No es recomendable alejarse del grupo. Aunque hay tres mil personas pisando el desierto. La noche es imposible para un turista solo y perdido. “Si el cielo despeja podemos hacer la actividad astronómica”, dice el guía. “Por ahora vamos a donde Ligia, la mujer que vive en el desierto”

—¿Se puede vivir aquí?—pregunta uno de los ochenta.
—No por elección—responde otro.
—Justamente por elección es que vive aquí—completa alguien.

Se sabe que hay una casa cerca, se sabe por el ruido de las cabras. Los ladridos de los perros. Porque huele a comida.

“Tengo setenta y dos años años. Cuatro hijos. Dos viven en Bogotá, una vive en Neiva, la otra vive aquí. Hoy está la de Neiva por Semana Santa. Estos son los nietos. Yo vivo aquí desde siempre. A veces traen el mercado, vienen en una moto y lo traen, otras veces yo bajo y lo compro… No me emocionó nada lejos de acá. Yo tengo todo aquí. Ah sí esa es la carne que la pusimos a orear para más tarde y estos son los cabritos, el plato típico de acá es el cabrito. La leche de los cabros es para el perrito. Sí, eso se ve bonito, ese cielo con estrellas, pero hoy no, está toldado. Hoy no, por ahí la otra semana”

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—Adiós. Gracias—Un coro sin ritmo.
—A ustedes que pasan. Buen viaje—dice Ligia.

Dos metros adelante alguien reclama:

—¿No vamos a ver las estrellas?
—Hoy se cerró el cielo muchachos. Quizá mañana—dice el guía.
—La única que va a ver las estrellas es Doña Ligia.
—Sí, justamente por elección.

Nadie vuelve hablar de las estrellas.  

Por: YULIETH MORA

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