JORGE

Buenos Aires, Argentina.

 

—El domingo fui a una obra de teatro.

—¿Qué tal estuvo?

—Me gustó, pero el actor principal no me llegaba. Lo que plantea la obra es un drama: lo que uno pasa cuando quiere salir del sistema y uno se da muchos golpes, duele. Hubo varios momentos en lo que el actor gritaba pero no era un grito de dolor, de desgarro, entonces no te llega. Salirse del sistema es romper con todo, es desnudarse, es volver a ponerse la ropa, es volver a saber que hay que tomar decisiones y encontrarse en un momento que uno dice: a dónde voy. Pero el chico no la estaba pasando tan mal, así que no le creí. Tenía que pasarlo más mal, como yo en este momento. ¿Pedimos algo de tomar? ¿Una cerveza?

**

Jorge tiene 27 años, es diseñador gráfico, es chileno. El acento se le cuela por algunas palabras mientras se acomoda en la silla del café a donde acaba de llegar. Agita su mano como un ventilador, cada vez más rápido, para reponerse de la humedad de la calle. Pasado un rato, el cuerpo se le calma y sólo entonces posa sus manos en la mesa mientras prepara lo que quiere decir, por dónde quiere empezar su historia.

—Cuando yo era chico en el colegio éramos 6 alumnos en la sala y 106 en todo el colegio, era muy privado. Estuve muchos años en ese colegio hasta que en 8vo básico antes de pasar a la secundaria quise salirme, quería tener otros amigos, conocer más gente. Me cambiaron de un colegio donde éramos 6 en la sala a otro donde pasamos a ser 40. Me volví loco. Bajé las notas durante ese año, conocí a mucha gente. Tuve encuentro con las fiestas, con el cigarro, con el alcohol, con saber que no me atraían las mujeres. Era todo una cosa extraña.

—¿Qué edad tenías?

—Tenía 13. Y nada, a ese  nuevo colegio arrastré el hecho de que siempre me hicieron bullying. Tal vez está bueno decir bullying porque es la palabra que tiene que ver, de repente uno dice “ay a todos nos molestaron en el colegio” pero yo llegaba llorando a mi casa porque no tenía amigos, no podía relacionarme con la gente.

—¿Por un problema de comunicación?

—Por un problema mío. Ser gay en un colegio privado y en un pueblito no es fácil. Se llama Caldera, en Chile. No es fácil. Tuve varios episodios, mi papá se convirtió en el director del único colegio que tenía secundaria y me acuerdo que en este proceso de la adolescencia yo estaba borracho en una fiesta y alguien que no conocía dijo ese día: “Miren, es el hijo de tal y está borracho”. Lo dijo frente a toda la fiesta. Siempre me sentí señalado.

En el café donde está Jorge, la licuadora interrumpe su voz. Aunque compite con el sonido y no se desconcentra, se rinde. Pide una cerveza de litro, cambia de mesa.

—Prefiero el alcohol, porque siento como si tuviera una banda de metal en mi cabeza todo el tiempo, tengo demasiado ruido, demasiado ruido, entonces si me escucho no me gusta lo que escucho. Arrastro demasiadas cosas de mi vida. Cada vez que me escucho la paso muy mal conmigo, prefiero no escuchar, hacer cosas.

—Pero estás huyendo de ti mismo.

—Sí toda mi vida. Estoy escapando, lo sé. Pero tengo mucho ruido. Todavía no descubro cuál es el más grande, pero soy muy restrictivo conmigo mismo. No me dejo ser, relajarme. Siempre estoy pensando en cómo hay que actuar. Si voy a una cena: sé qué tengo que decir, cómo comportarme. A una parte de mí no le gusta pero no sé cómo evitarlo. Por ejemplo, siempre me gustó la moda pero siempre pensando en que me tengo que ver bien: tengo qué. Lo más divertido es que mi familia no es restrictiva pero yo mismo creé esa cosa.

—¿Por la sociedad?

—Yo creo que sí. Estuve en muchas terapias psicológicas y todas las dejé. Me daba paja hablar.

Jorge se ríe liviano. Todo lo cuenta con calma, como si nada le pesara ya, pero tensa el cuerpo todavía. Llega la cerveza, dos copas y maní de aperitivo que come de una.

—Salud.

—Salud.

Jorge va y viene cuando habla.

—Una vez trabajé con niños y creo que los odio para siempre. Trabajé en un parque en Chile, es el epítome del capitalismo chileno, es una ciudad en tamaño niño para que los niños trabajen y se les pague y ellos lo puedan gastar. Horrible. Además no había religión ni partidos políticos, nadie pensaba. Los niños me decían “quiero esta Barbie” y les decía “¿cuánto tienes?” y me decían “esto” y yo “a ver, ¿tienes clases de matemática? entonces cuenta”. Y mi amiga me decía “¿por qué le dices eso?”, y le decía “bueno porque tienen que aprender”.

Pero en ese vaivén, retoma. Sabe seguirse el hilo.

—Bueno, en la adolescencia se me ocurre salirme del pueblito e irme a estudiar a otro colegio. Mis papás me apoyaron, me fui a estudiar a Coquimbo con 15 años. Estuve en una pensión. No quería estar más en el pueblo ni en el colegio por el bullying. Siempre -y qué bueno que he podido tratarlo de a poco- siempre he mirado a la gente por debajo, me siento más inteligente y no es así. Sé que no lo soy pero juego a eso. Juego a ser sarcástico e irónico para poner barreras en mi vida para que nadie entre, me da miedo que la gente entre.

Un trago de cerveza silencia el lugar por un momento.

—Y me fui a esa ciudad, a la vida, muy chico, a los 15 años y la empecé a pasar mal.  Me di cuenta al salir de donde vivía que la educación no era la misma en todos los colegios. Mi golpe más grande fue matemática, me acuerdo muchas noches en esa pensión, solo, con ese libro el (Álgebra de) Baldor, llorando en las noches con el Baldor encima porque no lograba entender. Lloraba porque yo quería seguir la línea de mis papás (biólogos marinos), me iba bien en física, química, biología pero matemática nunca entendí. Desde entonces todo fue crisis, crisis, crisis, y además de eso, me empezó a gustar mi mejor amigo del colegio, Gonzalo. Un día estaba borracho en una fiesta y le dije: me gustas. Claro, explotó todo, se fue todo a la mierda.

—¿Cuánto tiempo estuviste enamorado de Gonzalo sin decirle?

—Como dos años. Éramos muy amigos. En ese momento ya había aceptado más o menos que me gustaban los hombres. Todas las películas de estos amores dramáticos imposibles del mejor amigo me quemaron el cerebro, y yo obviamente pensé que podía pasarme, que iba a terminar gustándole y no, chicos, eso no pasa. Me quedé siempre esperando hasta que vomité todo en la fiesta. Me dijo “yo tengo novia” y me abrazó. Pero ahí se acabó toda la amistad para siempre. Iniciaron las vacaciones de invierno, volví a Caldera volví a Coquimbo para el segundo semestre y yo estaba deshecho porque además yo me sentaba con él, éramos los mejores amigos, hacíamos trabajos juntos y ahora era él en un puesto y yo en otro lado. En clases lloraba mal. Ahí fue uno de los primeros momentos en los que empecé a cortarme los brazos, la cara. Empecé crisis, los profes lo notaron, hasta que yo solo me di cuenta de que necesitaba ayuda. Fui al psicólogo del colegio, esa es la única terapia que he terminado en mi vida.

—¿Te ayudó?

—Sí, de hecho el año pasado, creo, lo busqué por Facebook y le escribí: han pasado muchos años de esto y esto, no sé si te acuerdas pero te lo agradezco. Y me respondió que se puso a llorar cuando leyó mi mensaje.

Jorge termina su vaso y rellena los dos. Tiene la imagen del que va a quebrarse pero nunca pasa, como si ya ha contado esta historia más de una vez.

—En esa terapia él se dio cuenta de que yo tenía que liberar muchas cosas además de aceptar la homosexualidad. Y me decía, tengo que llamar a tus papás para cerrar la terapia porque esto te trae culpa. Yo en mi vida nunca quise ser homosexual, siempre me veté. Me gustaban los hombres pero no quería porque no entendía cómo iba a tener: esposa, hijo y familia. Ese patrón social. Ahí me abrí con mis papás. Ahí deciden separarse.

Hace un silencio y continúa.

—Obviamente habrá cosas entre ellos de lo que nunca me voy a enterar, pero me sentí culpable, muchos años culpable. Con mi mamá todo bien. Con mi papá sí cambió la relación, tuvimos un momento donde nos peleamos feo, pasaron años y en una conversación él llorando me pidió perdón, dijo que me quiere. Ahora con mi papá tengo una relación decente, me llevo bien, pero mi papá siempre fue mi talón de Aquiles, toda la vida. Ahora más que nunca. Tengo un montón de ruido que no quiero escuchar.

421613_320552538002140_1223843172_n

Foto: Jorge Alarcón

A Jorge le gusta el color amarillo, pero desde siempre su favorito fue el azul. Es el mayor de una hermana 12 años menor de él, de quien está lejos, de toda su familia está lejos. Tiene un piercing en la oreja y 5 tatuajes. El que más le representa es el búho que tiene en el brazo, el símbolo del conocimiento, dice, el guardián de las criaturas nocturnas. Le da miedo lo del hombre lobo, pide que ojalá nunca le aparezca por dentro.

—El tema de la homosexualidad siempre fue un tema para mí, la culpa, ser femenino, ser hipermasculinizado, porque siento que haberme asumido conmigo mismo fue un tema político de activismo. Voy a escribir, a contar, a ser. Me preocupa -y esto es un proyecto que tengo con unos amigos-  lo mal que uno lo pasa cuando tiene que revelar el tema de ser gay o ser trans o lo que sea. Yo la pasé mal, muy mal conmigo en todas las situaciones y creo que esas cosas se podrían evitar. Mi mamá terminó siendo orientadora en un colegio y me decía: “tengo un niño que creo que es gay, pasa esto, su familia no lo quiere aceptar”. Y a mí me pasan cosas, eso me duele. Esto no debería pasar.

Jorge no se lleva del todo bien con los niños, lo admite, pero sabe que la infancia es el comienzo de la vida.

—Fuera de que uno pueda ir a marchar y eso, me preocupan los niños. No entiendo por qué tienen (o tenemos) que pasar por estas situaciones que te marcan demasiado. Yo de repente siento que me convertí en una persona más dura de lo que tenía que ser. Soy cariñoso, quien me conoce lo sabe, pero tengo un límite. De hecho en una pelea con mi novio por una tontera, le digo “¿entiendes por qué me llevo mejor con los perros? porque yo creo en la lealtad. Pero cuando uno se ve atacado, muerde”. Tengo varias etapas donde me acuerdo de este niño dulce pero con el exceso de bullying me tuve que curtir, me convertí en esta persona sarcástica, irónica, que si va a pelearla va a pelear. Pero  ahora estoy en una búsqueda interna personal, que creo que siempre la voy a tener. Me siento tranquilo, no me siento feliz. Sí creo en esa palabra pero siento que no la tengo ni me la merezco. Siento que por mi forma de ser no necesariamente tendría que ser feliz.

—¿No te gustaría ser feliz?

—Me gustaría saber quién soy. Yo sé lo que puedo hacer, pero no sé quién soy como persona. Como que creo que esas habilidades no me definen, las puedo aprender, las puede aprender cualquiera.

Aunque se sienta solo, Jorge le teme a estar solo. Porque si no hay nadie no puede decir: Hay gente, igual. Hay gente, no importa.

—Siento que en lo más profundo tengo pensamientos demasiado feos que no debería tener. Creo que en cualquier momento puedo dejar de estar consciente conmigo y dejar de ser esa persona que pueda conversar y razonar. Me siento como el hombre lobo y eso me da miedo, me siento de repente un poco cruel. Me siento como los malos de las películas que le hicieron daño.

—¿Cuál sería tu mayor sueño? Si pudieras quitarte el miedo, los prejuicios, todo lo que te entorpece.

—Ser un aporte para la sociedad. Me gustaría tener una fundación, creo en el tema de la infancia. Creo que es necesario. Erradicar la pobreza es erradicar la ignorancia y me gustaría dar algún aporte desde ahí. Me gustaría ser esa persona que yo sentí que debí tener en mi vida.

 

Por: PAOLA SOTO

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s