CHRISTIAN

BOGOTÁ, COLOMBIA

Estamos en 2017. Treinta y cuatro años atrás, una medianoche, en California (Estados Unidos), un hombre (Charles W.Hull) puso sobre las manos de su esposa una pieza de plástico negro. Sobre las manos de la mujer reposó el primer objeto hecho por una impresora 3D. Cuando ‘Chuck’, como suelen llamarlo, trabajó probando prototipos supo que hacer un molde e inyectarlo de plástico era un trabajo muy largo y siempre pensó que sería mejor si se pudiese fabricar cualquier objeto, capa a capa, con el mismo plástico. Esa medianoche lo logró.

Ahora es 2009. Christian está por hacer su pasantía para obtener el título de Ingeniero Mecatrónico de la Universidad Nacional de Colombia. Han pasado siete años desde que se presentó para el ingreso junto a otras siete mil personas. Solo cuarenta y cinco lograron entrar a esa carrera. Solo siete obtendrán el título si cumplen con todo, claro está.

<<La pasantía no se logró por falta de recursos. Me puse a buscar un tema para tomar la opción de tesis. Un primo mío había sufrido la amputación de su mano. Vi en él una oportunidad para desarrollar una solución que mejorará su calidad de vida>>.

Seguimos en 2009. La Universidad Nacional tiene una impresora 3D en sus instalaciones. <<No era barato. Me costaba tres millones de pesos imprimir una prótesis ahí. Yo apenas tenía trescientos mil pesos>>. Christian diseña las piezas y las manda a fabricar con corte láser a una empresa, ensambla, adapta, mueve aquí, intenta acá, graba un vídeo, sustenta la tesis, saca cinco sobre cinco y le entrega la prótesis a su primo. <<Ya no recuerdo si fue la derecha o la izquierda, pero se llevó la prótesis a Estados Unidos, donde vive. Se fue feliz>>

Luego viene lo otro. El concurso a la mejor tesis de la facultad: gana. El concurso nacional en la categoría de tecnologías apropiadas: gana y con ello se hace a la beca de Maestría para investigar sobre soluciones en miembros inferiores y algo de dinero para crear la fundación “Choca esos Cinco”.

Después viene el viaje a Stanford, el rechazo del grupo de investigación por su nivel de inglés, el regreso a Colombia, luego el viaje a Australia, seis meses intensivos para mejorar el idioma, los cursos en la Universidad de Melbourne, las clases avanzadas de biomecánica, pasar de “Choca esos Cinco” a formalizar el nuevo nombre de la Fundación “Give me Five”, asociarse a otra fundación, luego enfrentarse a ella por el mal  manejo de los recursos, la gente mala, la gente buena, los donantes, las sonrisas de los niños, dejar el código de sus desarrollos abierto, compartirlos con cualquiera en el mundo, buscar fondos, seguir, casi tirar la toalla, hablar con los amigos, asociarse con Wilmer, Antonio, Yusef. Fundar Fabrilab. Pasar horas en el LAB1, una beca de Colciencias para su Doctorado. Seguir.

Y lo que viene:  la búsqueda de una solución para personas que hayan sufrido quemaduras y requieran tejidos (incluso órganos), pensar en resolver que no tengan cómo pagarlos, producir huesos, cartílago, piel, conseguir los permisos para ponerlos a disposición del público, reunirse con el INVIMA, llegar a acuerdos, investigar, buscar donantes, recibir niños que nacieron sin su brazo o su pierna o que la perdieron en un accidente o por una mina antipersonal. Y Christian seguirá así, hasta que una medianoche le diga a su esposa Juliana y a Esteban su hijo: <<Lo logré>>. Pero aún es 2017.

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Sí, estamos en 2017 y es sencillo ubicar el Park Way. No hay muchos lugares para caminar como se hace en esa zona de la ciudad. En una de sus calles hay una casa, de apenas dos pisos, que de lejos parece atrapada por dos contiguas que le doblan la altura. Azul, verde, fucsia, figuras geométricas, rostros, rayos, es difícil no mirar: una casa salta a la vista. La fachada es una obra del artista Gris One. Son las instalaciones de LAB1 en el barrio La Soledad.

En la entrada no hay buzón pero sí una casita de madera con un pasador fácil de zafar. Dos tornillos sostienen un aviso que da y pide: <<Toma un libro. Deja un libro>>.

En el segundo piso de LAB1 está Christian con un brazo en las manos. El brazo que sostiene está por terminar de ensamblarse. Una impresora 3D tardó horas en hacer pieza por pieza, con el volumen y la forma precisa para el muñón de un niño menor de 4 años. Sobre la mesa de trabajo hay dos taladros y otras herramientas. A su derecha dos impresoras 3D que emiten un ruidito parejo que no va a desaparecer nunca.

En un cajón del escritorio están a la vista los pendientes. Se pueden contar 15, 16, 17 yesos que tiene la forma de pequeños muñones. Uno dice Valentina (Frozen) otro Julián (Spiderman), Tomás, Martín, Sofía… los demás no se alcanzan a leer.

Una prótesis comercial puede costar entre cinco y veinte millones de pesos. Las mioeléctricas (controladas por medio de un poder externo mioeléctrico) unos 50 o 70 mil dólares. Los socios de Fabrilab y la Fundación Give me Five demoran 24 horas en hacer una prótesis en 3D. A veces pasan de largo. Otras veces dividen ese tiempo en dos o tres días. Entregan una prótesis semanal a niños entre 3 y 12 años. No les cobran un peso. El único requisito es que sigan su proceso de rehabilitación.

<<Es gratificante ver la expresión de los padres y los niños. De cierta forma estamos transformando su vida. Tenemos la esperanza de que hay una oportunidad para acercarse a la tecnología, de que en el futuro sean ellos mismos quienes generen sus propias soluciones>>.

Foto: Give Me Five
Foto: Give Me Five

No es solo una prótesis impresa en 3D. No es un regalo. No pesa 300 u 800 gramos. No es un gancho color piel. No. Son poderes de sus héroes y heroínas. Es un peso de 80 y 200 gramos que los deja moverse mejor. Son los colores, el diseño, la seguridad. No es lo que faltaba sino los súper poderes que ahora les sobran a niños que han recibido, en unos minutos, lo que a Christian y su equipo le ha tomado años crear.  

<<Antes de ser papá no has despertado esa conciencia paternal. Cuando lo eres sabes lo especial de un ser tan pequeñito, de su amor, su ternura. De cierta manera uno transmite eso a los niños. Cada uno es especial para nosotros. Nos esmeramos en entregarles lo mejor>>.

Christian no vive con su hijo Esteban de dos años <<Lo cuidan sus abuelos en una finca. La ciudad es una atmósfera pesada en contaminación, estrés, en limitaciones de espacio. En la finca tiene todo el espacio que quiere, todo el aire y el verde que puede>>. Juliana su esposa, la mamá de Esteban, está sentada junto a su escritorio. Viven a dos cuadras del LAB1. <<Yo no me muevo de este punto. De la Universidad Nacional a la 45 y de ahí al Park Way. Este es mi triángulo. Yo estoy aquí trabajando y no me doy cuenta de que pasó el almuerzo o la comida o que es medianoche. Me pasa esto porque me gusta dedicarle tiempo a mis estudios, a los desarrollos. Uno descuida la familia pero últimamente he venido nivelando eso, equilibrando los tiempos que le dedico a ellos>>.

Trabaja muchas horas, muchas de esas horas solo, pero pocas veces habla de él. Siempre dice nosotros. Siempre dice: somos, estamos, vamos. Él dice que son ambiciosos, que en unos años tendrán unos laboratorios de última tecnología y que no solo potenciarán habilidades de personas que han perdido una extremidad o han nacido sin ella. Mientras habla se pregunta <<Y por qué no potenciar habilidades de las personas que no han sufrido ningún tipo de accidente. Como en la serie de Black Mirror… >> Y completa: <<Esa nuestra ambición>>.

Con esa seguridad él ya sabe que habrá otra medianoche así; cuando ronde los cincuenta, con Estaban de quince o veinte años y él gritando: <<Lo logré>>.

Por ahora, se termina la entrevista y sigue trabajando. Todavía es 2017.

Por: YULIETH MORA

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