JENNIFER

1 metro 80 de mujer astraviesa el patio con la gracia que le ha dejado aprender danza. Va en falda larga y suéter por las tres puertas que unen su casa mientras se hace el café. Da la bienvenida. Ambienta una sala, acomoda las sillas, prende la luz y saltan a la vida sus ojos verdes detrás de los lentes. Se acompaña con el perro de su roommate, le habla como sabiendo que responde: “Tú no vas aquí Cesario”, mientras le hace cariños, y Cesario se baja de la silla. La escena está lista, la ambientó sin querer. Naturalmente lleva con ella sus dones sueltos: es directora de teatro, socióloga, profesora de yoga, coach ontológico. Es venezolana, se llama Jennifer Gásperi. Tiene 36 años recién cumplidos pero muchas vidas dentro de la vida. Por eso sabe qué hacer y lo hace. Por eso ahora practica no hacer.

La primera vez fue el año pasado, en diciembre, pero la formación empezó mucho antes. Jennifer volvió en el 2012 de Buenos Aires a Caracas luego de estudiar la especialización en Gestión Cultural y Políticas Culturales en la Universidad Nacional de San Martín. Estando en Venezuela un amigo la introdujo a una escuela chamana donde decidió formarse. Para el 2013 ya era coach. Autodidacta, como su manera de moverse, encontró los no haceres.

Consiste en hacer cosas que no harías en tu fluir cotidiano. Uno de los no haceres que más recuerdo era que yo odio mis orejas y mira”, voltea el rostro de lado a lado mostrando sus orejas, lleva el pelo rojo recogido en dos trenzas hacia atrás. “Hice una lista de cosas que sabía que iban a ser un reto para mí”.

Cesario, el perro, rasguña la puerta desde adentro. Jennifer se levanta para abrirle, para que salga, y en ninguno de esos gestos deja de hablar de lo que le gusta. No se podría sospechar timidez en ella pero le cuesta hablar con gente nueva, por eso impuso otro desafío dentro del desafío: contarle su proceso a extraños. Desde que empezó los #NoHaceres el año pasado se expone a no sabe quién. Los escribe en su Instagram @Jennifergasperi.

“Es un ejercicio de honestidad pura, tienes que saber qué cosas no haces, qué cosas te aterran, qué cosas tienes escondidas. Qué cosas conscientemente representan un reto. Para mí, por ejemplo: ponerme tacones. Yo mido 1.80cm. En todo el bachillerato se burlaron de mí porque era un palo altísimo y no bailé con nadie, solo con un amigo que sigue siendo mi amigo hasta ahora”.

Probó ponerse tacones y volvió inmediatamente a los Converse, pero entendió: “Ya sé que no es el complejo del tamaño sino que no me siento cómoda con esa postura del pie. Empiezas a tener razones reales que quizás cambian el año que viene. Además, irlo publicando me iba quitando pesos de encima. Hice mis 21 días, que es cuando se forma el hábito, y al día 22 yo era otra, te juro”.

Recientemente volvió a cambiar, ahora de país. Le tomó 5 años volver a Argentina, esta vez a cursar la Maestría en Sociología de la Cultura, y volvió a no hacer. “Este año aproveché todo: el viaje, estar acá sola, que venga mi cumpleaños, que cambie la estación. Es un buen momento para hablar de las zonas de no confort. Qué te genera estar lejos de lo que siempre has hecho. Cuando tienes 20 todo es muy nuevo pero ya a los 35 se supone que estás en otro lugar. La sociedad espera cosas de ti que no estás dispuesta a dar ¿y qué pasa? ¿qué pasa en mí? ¿qué pasa en el otro? ¿hasta dónde la sorpresa me es útil? ¿cuantas cosas dejé de hacer por decir no? ¿por qué no lo hago?”

WhatsApp Image 2017-10-17 at 5.25.04 PMFoto: Roberto Mata

Cesario toca la puerta otra vez, ahora desde afuera. Jennifer se levanta y le abre. Entra un viento demencial que le mueve la ropa. Se tapa, hace frío. “Tengo una teoría que es que en el Caribe no tenemos la consciencia de los ciclos, siempre tenemos el mismo estado del tiempo, no cambiamos la ropa. Sacamos un paraguas que es un objeto que está ahí. Aquí el día de la primavera la gente enloquece y sale en short aunque haga frío porque es un día bisagra y vienes de un invierno difícil y hay una voluntad de cambio. Aprendes a tener flexibilidad. Esa cosa del “Yo soy así”, no. Es como si te pusieras una ropa y fuera tu ropa para siempre”.

Pero para cambiar un estado de ánimo hay que permitirse estar en él. “No puedes evadirlo siempre porque entonces ¿cuándo vas a crecer? En el Caribe te dicen no, no estés triste, tómate un ron vamos a la playa, y no. Está bien sentirse mal. Que tengas la capacidad de decir me dolió y si te pasa algo bueno, tener la capacidad de disfrutarlo”.

Sus no haceres van desde lo simple a lo demoledor. “El no hacer más complicado es el que tienes en carne viva. Para mí el de hoy fue difícil porque suelo ser muy dura conmigo. Empecé a darme con el látigo de si yo hubiese estado, si yo hubiese hecho. Decirme a mí misma ‘sí, me equivoque’, es un no hacer que no estaba pensado. Mi problema es conmigo. Al no haberlo pensado, te descontrola”.

Jennifer habla y Cesario se para frente a la puerta porque quiere salir. Ella se interrumpe para suavizarle una queja: “No puedes tenerlo todo Cesario”. Y Cesario entiende, se sienta.

“Nos enseñan que el aprendizaje tiene que ser doloroso, parte de todo este camino que decidí caminar tiene que ver con esto. Cómo puedo facilitar procesos. Hay gente que no entra en este espacio de mirarse porque piensa que es para sufrir todo el día”.

La gente le dice que no ejerce, pero en cada paso que da es socióloga. Trabaja con el otro, usa el yoga para conectar, el coach. La sociología es el cristal por donde mira al teatro. Lo mezcla con su estilo en el que realza la transformación del personaje, la comunicación de los objetos, lo que dice el actor con el cuerpo que puede ser más contundente que el texto mismo. Jennifer cambia al espectador de lugar, cambia a los actores de posición, cambia todo constantemente.

Mientras conversa y sostiene la mirada, sabe que suena la puerta principal, sabe que Cesario va a salir corriendo de emoción a esperar a su dueña que está de cumpleaños. Dirigir le ha desarrollado el oído, y el oído a su vez le mueve el cuerpo, y el cuerpo a su vez está conectado a todo porque le viene de la danza. Jennifer sabe cuándo el cuerpo no puede más, cuándo está listo, hasta dónde estira. Y todas sus respuestas vuelven hacia adentro: a escuchar.

1 metro 80 de mujer atraviesa otra vez el patio con gracia. Hace frío, subirá al cuarto a cubrirse con más ropa. Cesario cansado de entrar y salir recorrerá los espacios conocidos, olerá a los invitados. Habrá una fiesta en la terraza y ella que no es muy de fiesta, se quedará un rato más. A exponerse, a conversar. A no hacer -para ser- y mostrarlo.

Por: Paola Soto

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Tomas Sancio dice:

    Cierto, en el Caribe nos dicen que no estemos mal. Pero lo único que se me ocurre en donde estar mal es bueno es a la hora de escribir. Buena inspiración sale del dolor. Pero para todo lo demás, no estar mal es ver al mundo como es y tratar a los demás de una forma positiva. Si el default es el optimismo, tenemos que presentarnos argumentos para sentirnos mal. Si es al contrario, cualquier serie de contratiempos nos pueden llevar fácil al puente más cercano. Saludos

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