EL GAUCHO

En la cocina de un bar de San Telmo hay un hombre que sabe dónde están los tomates, las almendras, el pan, cuál es el tiempo de los alimentos en el horno. En su vaivén sincronizado nada puede salir mal, no se lo permite, y cuando se acuerda de que es humano añeja los errores en la memoria sin perdón.

Sus días libres ya están ocupados, cruza la ciudad para ver a sus padres, cruza de vuelta para ver a su hija, y otra vez a trabajar. “Hay que laburar”, insiste, por eso complace estómagos de personas que llegan y se van del bar sin tener idea de lo que pasa. Y lo que pasa es la historia del tatuaje que lleva en su brazo derecho.

Preguntar por Leandro es inútil, casi nadie sabe que se llama Leandro Curutchet. Todos le dicen El Gaucho porque vivió en San Carlos de Bolívar desde los 7 años, pero también es descendiente de italianos. Le gusta ser así, gaucho y tano. Le gusta recordar de dónde viene: del restaurante de su abuela donde creció viéndola trabajar incansablemente. “Una mujer de este tamaño”, dice, y pone la mano a la altura de su mentón. No se burla, se asombra. No se explica cómo salió tanta fuerza de un cuerpo pequeño para ser el mayor sustento de toda su familia.

“Mi abuela nunca me vio cara de chef”, pero el gaucho terminó estudiando en el Gato Dumas, Colegio de gastronomía. Destacó entre 10 ex alumnos  y fue seleccionado para cocinar en Francia. En medio de Clermont-Ferrand, capital de la región de Auvernia, recordando que su abuela nunca le vio cara de Chef, iba directo a un cóctel peligroso: el autoexigente se encontraba con la soledad.

Madame Graciela, cordobesa casada con un francés,  le trazó el camino hasta Europa. Lo eligió para saciar la nostalgia de la gastronomía argentina en la cocina de su hotel. El Gaucho aceptó y se fue sabiendo que algo de él se quedaba, quizás mucho. “Yo estaba en pareja, me había comprado un departamento en Caballito que el otro día vi y solté un lagrimón”. Ya no queda nada de eso.

Trabajó sin reparo con una sola interrupción para volver a la Argentina y avisar a quien lo esperaba, que lo esperara un poco más. “Y Andrea me esperó, estuvimos juntos 8 años”. El costo fue turbio. Estando lejos, entendió el efecto interno de la distancia. En las paredes de su cuarto estaban las tapas de los diarios que le mandó su hermana cuando el equipo Independiente salió campeón, las cartas que recibía, y una lista de los cumpleaños de sus familiares. Los llamó a todos. “¿Que como yo me sé el cumpleaños de mi tía? porque trabajé solo en Francia”. Y esa soledad le hacía salir a correr muy seguido para, agotado, dormir y no pensar. Perdió 25 kilos.

Entonces Madame se lo dijo. Por todo su esfuerzo lejos de casa, le dio el sueldo final, le regaló un viaje a París, y la frase que le enseñó cómo son los descansos: “Lo tienes bien merecido”.

Hoy, años después, se permite 5 o 10 minutos para sentarse luego del caos, si es posible. Y al extender el brazo sobre la barra del bar, salta un pedazo de su piel. Je l’ai bien mérité, dice el tatuaje: Lo tengo bien merecido.

Por: PAOLA SOTO

*Texto editado para la Revista Street.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s